domingo, 28 de julio de 2013

Al principio fue la ciudad






A veces da la impresión que  la gestión de riesgo ante desastres es el último invitado en llegar a la fiesta.
Con el telón de fondo del  fragor de las ciudades modernas, se construyen casas, edificios, carreteras, escuelas, hospitales, sistemas de transportes, estadios, plazas, puentes,  acueductos, centros comerciales. Sin embargo, todo esto se hace a espaldas del  sentido común y, aún más allá, al propio sentido de sobrevivencia.
La gestión de riesgos como suma de estrategias para hacernos menos vulnerables ante las amenazas,  es el producto de la aceptación de nuestra humana fragilidad como piezas de un escenario físico natural que impone  con rigurosidad las formas, los modos de vivirlo.
Si una enseñanza ha sido reiterativa en el tema de la gestión de riesgo y la sostenibilidad urbana, es que todo asentamiento urbano debe concebirse como un espacio cuya progresiva construcción, su natural crecimiento, se edifique a partir de tener al riesgo como guía para marcar el desarrollo de la ciudad. Una especie de diapasón sobre el que se calibra y orienta el desarrollo.
La presión de la anterior certeza recae, entre otros actores,  sobre los urbanistas o, para hablar en términos más amplios, sobre aquellos que toman decisiones sobre el destino de las ciudades, no sólo respecto a lo puramente  físico o estructural, sino también en lo atinente al grado de conciencia de la población usuaria de esos componentes físicos.
Esa conciencia puede estar referida a una mejor organización, movilidad, formación y respuesta. Arquitectos, ingenieros, paisajistas, autoridades de gobierno, gremios profesionales vinculados al hecho urbano, universidades e institutos de investigaciones con competencia en la materia, son soldados en la primera línea de construcción de un sistema de gestión de riesgos eficaz. O lo que es lo mismo: construir ciudades menos vulnerables y por lo mismo más seguras.

Es lamentable que esta ausencia de la gestión de riesgo también se manifieste en las aulas y salones donde se forman profesionales que luego tendrán una participación directa sobre la hechura de las ciudades. Ya en una ocasión el presidente del Centro de Investigación en Gestión Integral de Riesgos (Cigir), el doctor Alejandro Liñayo advertía que “Los grandes preventores de los desastres  son los urbanistas”. Y junto a ellos todo aquel con la suficiente consciencia como para ver lo que se nos viene encima. 

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